Tenía escasos tres meses que había tomado ese puesto. Jamás en mi vida había sentido tal cantidad de estrés.
No podría renunciar y regresar la página. Ya nos habíamos mudado de ciudad y pensar en regresar (y todo lo que implicaba) me causaba tanta angustia como seguir en donde estaba.
Literalmente había dejado una caja de algodones para meterme en un berenjenal.
La planta a la que entré parecía un bocho 1970. Solo que corrido sin aceite. Una planta vieja y mal mantenida. Los paros eran frecuentes y la presión por producir se respiraba en todos lados.
Para hacer más intensa la novela, en los almacenes de refacciones (que dependían de mi) estábamos llenos de cosas que no necesitábamos y justo las refacciones que se requerían estaban en cero. Eso implicaba un diario correr para cotizarlas, comprarlas y traerlas.
Todos los días.
No podíamos pensar en otra cosa más que en sobrevivir un día a la vez.
Parte de mi estrés era que ésta era una industria distinta. Los insumos, los procesos, las maquinarias. Todo era nuevo para mi y eso de alguna manera hacía que me moviera lento. Necesitaba tiempo para pensar, para entender. Pero la presión solo me llevaba a reaccionar.
“No puedes estar parando la planta a cada momento”, soltaba el Director General, quien no perdía oportunidad para cuestionar lo que hacíamos como área. Cómo si me faltara más presión.
Fueron meses intensos. Muy intensos.
Pero ese no era el único “incendio” que tenía en la parcela. Había que meter en control los costos de algunas materias primas y limpiar los requerimientos de compras, algunos de los cuales llegaban a tener hasta dos meses de atraso. Un cúmulo de usuarios frustrados.
Sacábamos un cubetazo de agua y entraba un barril en contra.
Uno de mis colaboradores más cercanos, quien ya llevaba algunos años en la industria y otros tantos en esa planta, un día entró a mi oficina y cerró la puerta.
“Héctor, se que estás super estresado. No me puedo imaginar lo que es estar en este momento en tus zapatos y se que el Director te trae a rajatabla. Dame la oportunidad de ayudarte a normalizar el suministro de todas las refacciones que nos faltan en el almacén”.
Me planteó su estrategia que incluía que le prestara a dos colaboradores para que le apoyaran y que le quitara de encima un tema y que lo asignara a otra persona. Se organizaron y comenzaron a trabajar.
Fueron semanas y meses intensos. Sábados donde lo mejor que podía hacer era llevarles barbacoa y tratar de quitarles la mayor parte de las piedras del camino.
Meses después los indicadores dieron un giro de 180 grados.
Quizá él, sin saberlo, evitó que yo reventara en los momentos más duros de esa crisis.
¿Por qué te comparto esta anécdota?
Hoy en día las redes sociales están tapizadas de mensajes respecto a la empatía que tienen que tener los líderes con los colaboradores y como, al no hacerlo, son los jefes lo que generan un ambiente tóxico.
Vivimos épocas en las que nos hemos acostumbrado a exigir, a ver en el otro (especialmente en el jefe) todas las fallas y somos rápidos para llevarlos al juicio de nuestra mente y de nuestra lengua.
Sí. Todo eso existe. No se puede tapar el sol con un dedo.
Pero también es cierto que olvidamos, como digo en mis charlas, sacar un espejo y vernos en el reflejo. ¿Qué tengo que ver yo en todo esto? ¿Soy capaz de dar lo que exijo? ¿Sé manejar todo aquello que critico en los demás, incluido mi jefe?
Exigimos empatía del jefe hacia nosotros… pero olvidamos en ocasiones ser empáticos con ellos. Yo el primero.
¿Qué puedo hacer yo para poner valor en la mesa? ¿Cómo puedo influenciar (no manipular) a mi jefe? ¿Qué estoy dispuesto a hacer, con toda mi energía y esencia, para apoyarle en sus objetivos y en su visión?
No. En ocasiones es muy difícil salir del ensimismamiento tóxico que vivimos sin darnos cuenta.
Y la única salida es hacernos conscientes y decidir quiénes queremos ser en cada momento, en cada circunstancia. Eso es lo que yo llamo la Maestría Personal.
Y claro que puede darse el caso en el que busques ayudar a tu jefe y éste se pase de listo. La pregunta interesante es quién habrá ganado y quién habrá perdido. Y la respuesta dependerá de cómo decidas percibir esa experiencia y la reacción que siga después.
La maestría personal es un regalo que puede brotar en los momentos de crisis, en esos donde realmente sabes de que estás hecho.
In memoriam, Jorge Martínez✝
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¿Y qué es la maestría personal? TODO aquello que te ayude a tener una experiencia de vida más feliz, plena y balanceada en todas sus facetas.
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