Imagina que pasas 40 años de tu vida en el mismo lugar. Cuatro décadas en las que cada minuto de tu existencia está definido y controlado por alguien más.
Sabes exactamente a que hora te despiertan, a que hora comes, en que trabajas y hasta los momentos en los que puedes caminar un rato. No tomas ninguna decisión. Tu existencia es totalmente predecible y, aunque gris y falta de sorpresas, se ha convertido en TU vida; y la prisión donde vives —literalmente—, tu hogar. Has hecho las paces con todo ello.
Ahora imagina que un día las puertas de esa prisión se abren y te han otorgado libertad condicional. De pronto, sin pensarlo y quizá ni quererlo, a los 60 años te encuentras de frente a un mundo que avanzó cuatro décadas sin ti, aterrado y sin saber cómo conducirte en él.
Esta es la historia de Ellis Boyd ‘Red’ Redding, el personaje principal de la película Sueños de libertad (también conocida como Cadena perpetua / The Shawshank Redemption), interpretado por Morgan Freeman y en la que en una de sus escenas nos da una muestra desgarradora sobre la adaptación humana.
Red, tratando de hacer su vida, consigue un trabajo en un supermercado empacando alimentos en la línea de cajas. Era libre, en el mundo real. Pero su mente y su memoria seguían dentro de la prisión. El choque con la realidad era tan fuerte que cada vez que necesitaba ir al baño se paralizaba. Levantaba la mano y pedía permiso al gerente quien, extrañado, le respondía que no era necesario hacerlo. Pero para Red, no había otra manera de hacerlo.
Sin darse cuenta, se había acostumbrado a esa vida predefinida que ahora ya no encajaba en la “realidad”.
¿Qué hacer cuando la vida te cambia la jugada? ¿Cómo digerir el que las reglas del juego han cambiado y ahora, lo que antes te funcionaba, de repente deja de ser útil?
Para Red, el cambio está relacionado con la salida de prisión. Pero para los demás esto puede estar representado por un fracaso económico, la pérdida del empleo, el término de una relación sentimental o enfrentar una enfermedad terminal.
Creías que el mundo funcionaba de cierta forma a la cual te habías acostumbrado. Y, de repente, todo pierde sentido.
La naturaleza humana es muy particular en la forma en cómo procesamos el cambio. Primero, entramos en un estado de choque cuando éste es profundo. No sabemos qué sentir ni cómo procesarlo. Es la primera flecha a la que Buda se refería cuando preguntaba si dolería si te la disparaban.
Eso es lo que es. Es la flecha que ya te han disparado. No la pediste, no te gusta ni tienes que estar de acuerdo. Lamentablemente tu opinión o gusto aquí no sirve de nada.
El problema está en la segunda flecha. Cuando Buda preguntaba si tendría sentido que uno se disparara una segunda flecha, la respuesta lógica sería un “No”, pues volvería a doler. Y, curiosamente, es justo lo que hacemos.
Esa segunda flecha representa la reacción de nuestra mente —la resistencia, la queja, la culpa, el drama o el pensamiento obsesivo de “¿por qué a mí?”—. Una segunda herida que es autoinfligida y opcional.
Es justamente esa pregunta, “¿por qué a mí?”, la que nos deja estancados en una posición de víctima que, lejos de ayudar, nos hace perder todo el poder interno que tenemos.
El problema no es tanto el cambio sino lo que decidimos hacer con lo que ha cambiado.
Aceptar la nueva realidad no implica rendirse o tener que encontrarle “el modo”, como invita el positivismo tóxico.
Aceptar es crear ese espacio mental y emocional que se da en el momento en que dejamos de luchar contra lo que ya es y, en ello, lograr más claridad para poder percibir lo que como víctimas no podemos ver. ¿A qué me refiero? A lo que el cambio puede traer como parte de nuestra propia evolución como personas.
Cuando logramos esa flexibilidad de mente podemos encontrar perspectivas distintas y, en lugar de desgastarnos rechazando el cambio, podemos enfocarnos en aquello en lo que sí podemos influir.
Pero hasta aquí, aún y cuando el avance ha sido significativo, el proceso aún no ha sido integrado. No hasta que decidamos tomar acción que demuestre que finalmente nos hemos adaptado al cambio.
En otras palabras, y como siempre menciono en mis seminarios, ¿qué decides hacer con lo que tienes y en dónde estás?
Este es el mayor de los retos. Cuando has llegado al punto de hacerte esta pregunta, la víctima ha desaparecido y lo que aflora es la propia maestría personal.
En su momento de mayor crisis, Red tomó la decisión más difícil de su existencia. Demostró que la parte más retadora de manejar el cambio no es el cambio en sí mismo, sino el valor de renunciar a la vieja identidad que te hace sentir seguro, abrirte a las posibilidades y decidir moverse aún en medio de la incertidumbre.
¿A qué estás dispuesto cuando a la vida se le ocurre jugarte rudo?
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