Cuando pase eso, seré feliz

Quizá son los aromas de un año que comienza a apagarse los que invitan a esos momentos de reflexión, intensos a veces, y que nos fuerzan a hacer un alto y voltear la mirada hacia atrás y hacia el espejo.

Seguro verás todo aquello que lograste… o igual y ese reflejo no traerá muchas memorias agradables, pero de lo que sí estoy seguro es que ahí, justo en esos momentos, la vida te invita a tomarte una café con ella y hacer un pequeño recuento de lo que has hecho con ella en este año.

Y sí, quizá sea la época. Muchos comienzan ese proceso, quizá romantizado de más y muchas veces porque la influencia cultural así empuja, de revisar qué objetivos se alcanzaron y las condiciones en las que se llega al final del año.

En estos últimos días, he tenido la fortuna de coincidir con mucha gente, de distintos lugares y en distintas circunstancias de vida. Y, entre ellos, por lo menos 3 me han confiado un “no soy feliz con lo que hago o en donde estoy”.

Y no es tanto la frase. Es todo el baggage emocional detrás de ella. Es el desgaste. Son las metas incumplidas, los sueños rotos, las comparaciones con el otro -que hizo o logró más- que tanto duelen y queman el alma. Es estar donde meses atrás quizá jamás pensaste estar o igual y soñaste con salir de ahí. Un año más que se va sin sentir que se ha crecido; vaya, al menos sentir que uno se ha movido un centímetro de donde se ha estado demasiado tiempo ya.

Es ver como otros logran ese puesto o trabajo deseado. El viaje. El auto o la casa. La boda, o el esperado divorcio. La foto de instragram que no hace más que recordarte que quizá tu único logro este año fue sobrevivir.

Platicar con estas personas me llevó a hacer un alto a mi también. No hay forma de no sentir compasión porque uno también ha estado en guerra en las mismas trincheras. Pero, ¿de qué sirve conmiserarse unos con otros? ¿En verdad ser feliz es una promesa inalcanzable?

Mucho de mi trabajo es con profesionales, y generalmente los temas que tratamos están relacionados con el trabajo o el negocio, aunque en realidad no hay manera de separar las distintas facetas de la vida.

Y da lo mismo si es un alto ejecutivo de una transnacional a que si tiene un puesto de entrada en una pequeña empresa familiar o si es un emprendedor que apostó el todo lo que tenía por seguir un sueño. Todos buscamos lo mismo: ser felices, ¿o no?

Reflexionando sobre esto, recuperé una publicación de un diario español respecto a un lector quién compartía, desde la perspectiva del trabajo, el sinsabor que él -y seguramente muchos más- tenían respecto a la plenitud que éste trae consigo.

Con estas líneas no busco ni desacreditar su punto de vista, pero tampoco conmiserarme con su argumento.

Sí. Hay trabajos absurdos. Hay trabajos mal pagados. Hay esfuerzos no reconocidos. Pero también está esa idea del “hay que chingarle”, hay que crecer, ganar más, lograr más, gastar más, sufrir más. Porque sin sufrimiento no hay deseos y, sin éstos, la maquinaria no funciona.

Cuestiona el por qué ver el trabajo como un simple medio para vivir, sin desvivirse por él, es hoy algo que es mal visto. Como aquel cuento del pescador, quien después de la faena del día, es interrumpido en su hamaca mientras tomaba una siesta por un cerebro de los negocios que le proponía trabajar más para pescar más. Al pescar más, tendría más ingresos y eso le permitiría invertir más en su negocio. Crecer. Más lanchas, más barcos, mas pesca, mas dinero. Y así, llegaría el día en el que el negocio andaría solo y el podría retirarse y vivir cómodamente de sus ingresos pasivos.

“¿Cómodamente?… ¿Para hacer qué exactamente?”, preguntó el pescador.

“Para que te retires y descanses”… justo como lo hacía antes de que lo despertara de su siesta.

Y es que en los menesteres de la vida no hay guiones predefinidos. Sin embargo, nos hemos llenado de roles y figuras que nos dicen “tú tienes que ser así”. Y el asunto es que, a ciegas, compramos la historia.

El problema puede que tenga algo que ver con el trabajo, con el jefe, con la cultura, con el enfoque, con las necesidades y los lujos, con los pescados y las hamacas.

Pero, en el fondo, el problema tiene más que ver con las creencias desde donde operamos. Aquello que damos válido y que, al seguirlas, nos meten en un sanquintín para el cual jamás hubiéramos pensado en comprar un boleto.

En el fondo, la creencia más perversa que mata nuestros sueños y pone en entredicho la satisfacción con la que vivimos es justamente la idea que le querían vender al pescador: “Cuando hagas esto, serás feliz”.

Y por “esto” intercambia lo que quieras: el dinero, trabajo, negocio, salud, pareja, hijos, etc.

Yo no puedo decir que cierta idea sea buena, mala, conveniente o no. Eso depende de cada uno. Pero la pregunta que si tengo para ti es si estás consciente de las ideas desde las cuales operas.

Hay gente que se la vive trabajando. Tienen todo, pero se sienten vacíos. Hay otros que quieren todo gratis y no han sido capaces de generar riqueza ni crecimiento profesional. Hay quienes tienen familia y no la disfrutan. Otros que están solos y pareciera que son felices. O quizá no.

El gran problema que vivimos como sociedad es pensar que el sentido de vivir viene de fuera. Claro, las motivaciones extrínsecas cuentan. María Félix, “La Doña”, decía que ella prefería llorar sobre un Mercedes que sobre un bocho. Pero, ¿justifica eso la incapacidad que tenemos de voltear hacia adentro y cuestionar si los lentes a través de los cuales vemos la vida son los más convenientes? ¿Valida el hecho de querer buscar fuera el sentido a nuestra existencia?

Y la verdad es que esas preguntas son muy difíciles de procesar porque implican algo a lo que no estamos acostumbrados: tomar las riendas de nuestra vida y decidir distinto cuando lo que vivimos no nos llena.

Sin embargo, preferimos mil veces el status quo. Lo conocemos. Nos es familiar. Y, como humanos, muchas veces preferimos el dolor a la incertidumbre.

Mi deseo para ti desde hoy y para 2026, si me vienes leyendo de tiempo atrás o si apenas te has suscrito a mis textos, es que encuentres ese espacio.

Si lograste todo, felicidades.

Si apenas sobreviviste, felicidades.

Pero hoy estás aquí. Y la segunda pregunta importantes es “¿qué sigue para mi?”. Porque la primera debería ser, creo yo, “¿en quién debo convertirme y qué decisiones debo tomar para lograr llegar donde deseo?

Y cuando nos hagamos responsables de esas respuestas, viviremos distinto.

La vida quizá seguirá siendo la misma, pero tú ya habrás cambiado. Y cuando cambias, comienzas a incidir en tus circunstancias.

Ya no esperaras a pase algo. O a que llegue alguien.

Habrás tomado, de manera consciente, las riendas de tu vida y ahí ya habrás ganado. Lo demás serán experiencias para acumular.

Que 2026 venga llenos de retos, de evolución, de reflexión, de cuestionamientos, de decisiones, de crecimiento, de disfrute y de mucho tiempo contigo para que puedas ver, cuestionar y decidir sobre los lentes a través de los cuales quieres percibir tu existencia.

Lo mejor aún está por llegar.


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