Hace poco interactuaba con uno de mis clientes tras terminar un taller, quien se veía agotado y frustrado, por decir lo menos.
“Quiero renunciar pero no puedo. Si me voy, no tengo manera de hacer frente a mis compromisos financieros, pero si me quedo… si me quedo siento que voy a explotar”, me decía con tal carga como cuando alguien necesita realmente sacar algo de su sistema.
En la plática, que estaba un poco exasperada por la emoción, me decía que tenía un trabajo que le gustaba pero que le demandaba mucho y que el quería un puesto donde pudiera lograr un balance vida-carrera.
“Explícame que entiendes por el concepto de ‘balance vida-carrera’”, le pregunté.
Y en pocos segundos me recitó lo que sonaba a un pliego petitorio, pero en el fondo los temas que más le movían eran el tiempo y su bienestar físico y mental.
Y, aunque esto que mencionaba era completamente válido y legítimo, el asunto estaba más abajo de esos conceptos.
En la charla logró darse cuenta que, en su modelo mental, el concepto de balance vida-carrera que él realmente deseaba era poder separar su vida profesional de la personal. Su vida laboral (o mejor dicho su interpretación de ella) le había hecho literalmente odiarla. Pero había que comer.
Veía su vida como un conjunto de contenedores tipo tupperware completamente separados e independientes. No quería que el trabajo se inmiscuyera en su vida personal y esa lucha y rechazo constante al recibir un email, un mensaje o una llamada un sábado por la mañana o ya tarde entre semana era lo que en verdad le tenía desgastado.
“¿En algunos momentos atiendes temas personales en tu trabajo?”, le pregunte, mientras me miraba indignado.
“¿Pagar las cuentas, revisar tu app bancaria, hablar con tu pareja, comprar algunas cosas por Amazon o incluso despejarte un poco en las redes sociales?”, comencé a poner en la mesa.
“Pero no se compara”, me soltó, tratando de justificarse.
No, el punto no era demostrar que fueran comparables o no. Mi punto para él era que pudiera comprender que las facetas de su vida, personal y profesional, no pueden ser separadas. No existe tal cosa como llegar al trabajo y dejar en el lobby tus temas personales así como tampoco llegar a casa y dejar los problemas del trabajo colgados del buzón.
La vida es una sola y no podemos separar sus componentes mental ni emocionalmente. Y mientras no comprendamos esa naturaleza de la propia vida, el desgaste y la frustración están asegurados.
“¿Y qué demonios hago”?, soltó ya más ligero, como cuando alguien ya dejo ir toda la carga emocional que le abrumaba.
La oportunidad aquí está en la gestión. ¿Cómo puedo integrar mis ‘dos vidas’ para tener una existencia más disfrutable?
Cambiar la perspectiva y buscar la compensación.
Y antes de entrar en estos dos temas, quiero dejar en claro que no defiendo ni promuevo los ambientes verdaderamente tóxicos. No se trata de inmolarse ni de convertirse en héroe. Mi enfoque siempre es desde la maestría personal: ¿qué es lo mejor que puedo hacer con lo que tengo y en donde estoy? Y créeme, en este enfoque hay mucho que hacer y lograr.
Bien, para cambiar la perspectiva, necesitamos cambiar el centro de nuestro universo. Vivimos pensando en nosotros mismos. Todo lo que pasa siempre lo analizamos desde la perspectiva de si me afecta o me ayuda, si es algo en mi favor o alguien se quiere pasar de listo, en si me toca o si alguien quiere cargarme su trabajo.
Y no es que no velemos por nuestros propios intereses. Pero vivir desde ese egocentrismo, buscando que las cosas siempre sean como quiero o que las cosas siempre estén a mi favor, o simplemente que siempre yo este bien, será una vida muy desgastante y muy probablemente te lleve a una mediocridad. ¿Por qué? Porque verás todo como una transacción: me das, te doy. Y desgastante porque siempre estarás envolviéndote en la bandera del “yo lo merezco”. Y sabes, no es que no lo merezcas. El truco en esta vida es cómo llegas a eso que quieres.
Lograrás triunfos y éxitos, sin duda. Pero solo serán destellos en tu universo.
Cuando tu perspectiva cambia a poner a los demás en el centro de tu universo, comienzas a fluir de una manera diferente. Empiezas a ver qué tanto de ese caos que vives lo generas tu mismo, quizá por no atender tus temas de una manera más eficiente. Ves cómo apoyar en lugar de defenderte; y aunque algunos seguirán en su naturaleza de querer aprovecharse de ti, la gran mayoría se adaptará a tu nueva forma de ser y trabajar, valorarán la forma en cómo te mueves y tu ambiente interno comenzará a cambiar al punto que será un influencia para tu ambiente externo también empiece a transformarse.
Seguirán existiendo las rémoras y los tóxicos, pero ya no te desgastarás en seguir manteniendo tu coraza. Podrás establecer límites de una forma más saludable y enfocarte en lo que te hace crecer. Dejarás de lado esa mentalidad del “no se lo merece” que nada más te drena.
Esta nueva forma de operar te ayudará a encontrarle mayor sentido a lo que haces (o incluso decidir dedicarte a otra cosa). Y esa sensación de plenitud te hará disfrutar tu vida, una vida de la cual no tienes que huir, ni justificarte ni defenderte.
Serás más productivo. Estarás más enfocado. Y muy probablemente tus resultados mejoren.
Ahora, respecto a la compensación, en contraste con el balance, esperar tener un trabajo que se “termine” en cuanto suena la campana y que nadie ni nada te moleste, creo que es pensar en un trabajo que no es que no exista, pero tampoco estoy tan seguro de qué tanto reto y emoción pueda traer para ti.
Los trabajo que te retan, que te hacen crecer, tendrán sus altas y bajas. Créeme, eso le quita el aburrimiento.
Imagina estar en un proyecto para arrancar la operación de una fábrica, o crear un producto nuevo o diseñar una campaña de marketing. Tendrán sus momentos demandantes que sacarán lo mejor de ti, te harán meterle más horas, te ayudarán a crecer profesionalmente y que te traerán un gran disfrute.
Y cuando sea el momento, podrás buscar una compensación que te permita recargar pilas, atender temas personales prioritarios y así disfrutar de esa montaña rusa llamada vida.
Pero ya buscarás la compensación no desde la perspectiva de la queja o de querer “cobrártela”, sino desde una mentalidad de buscar reponerte para seguir en el baile… porque justamente ¡quieres seguir bailando!
Quizá te estarás preguntando que en dónde hay lugares como esos. No te tengo una respuesta exacta, pero te puedo decir que muchos de ellos los creas tú mismo. Sí, siempre dependerás -si eres empleado- de un jefe y una cultura. Afortunadamente el nivel de consciencia está aumentando y tanto las empresas como los líderes están dándose cuenta que el modelo anterior ya no es sostenible.
Y así es como cambiamos el mundo. Una mente a la vez. La mía la primera.
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